
Egipto y la piedra Rosetta:
El origen de la traducción se remonta al descubrimiento de la conocida piedra Rosetta. Esta piedra contenía información escrita sobre el decreto que ensalzaba la figura del faraón Ptolomeo V en el primer aniversario de su reinado, en 196 a. C. El decreto en cuestión fue escrito en la piedra en tres idiomas diferentes: jeroglíficos egipcios, escritura demótica y griego.
La piedra de Rosetta fue a partir de entonces considerada el primer rastro de traducción, y permitió a los estudiosos descifrar finalmente el significado de la escritura jeroglífica, que había sido un misterio absoluto hasta su aparición.
Grecia y Roma:
También hubo otras dos culturas, la griega y la romana, cuya contribución a la traducción data quizás de épocas anteriores, ya que la misma civilización romana se encargó de trasladar la mayor parte de la literatura griega al latín.
Traducciones religiosas en la Edad Antigua:
La desaparición del hebreo como idioma religioso resultó en la necesidad de traducir de este idioma en peligro de extinción a uno que pudiera ser entendido por el pueblo judío. El idioma elegido fue el griego, aunque sus contemporáneos grecorromanos no fueron realmente influenciados por esta versión del Antiguo Testamento, un libro que conocían cuando comenzó el cristianismo.

El proceso de traducción se define como la operación de obtención del equivalente natural más cercano en cuanto al sentido en primer lugar y, luego, en cuanto al estilo (tratar de transmitir igual significado y mantener igual estilo).
Nida distingue dos tipos de equivalencias: la equivalencia formal, en la que se reproducen mecánicamente en el texto de llegada las características formales del texto de partida, con la consiguiente distorsión de los patrones gramaticales y estilísticos que dificulta la comprensión por parte del receptor (se centra en la transformación del significado); y la equivalencia dinámica, en la que, conservando el mensaje, se busca que la respuesta del receptor de la traducción sea esencialmente la misma que la del receptor del original (se busca lograr igual efecto en el lector de la traducción que en el del original).

Aprender a hablar es aprender a traducir; cuando el niño pregunta a su
madre por el significado de esta o aquella palabra, lo que realmente pide es que
traduzca a su lenguaje el término desconocido. La traducción dentro de una lengua
no es, en este sentido, esencialmente distinta a la traducción entre dos lenguas, y la
historia de todos los pueblos repite la experiencia infantil: incluso la tribu más
aislada tiene que enfrentarse, en un momento o en otro, al lenguaje de un pueblo
extraño. El asombro, la cólera, el horror o la divertida perplejidad que sentimos
ante los sonidos de una lengua que ignoramos, no tarda en trasformarse en una
duda sobre la que hablamos. El lenguaje pierde su universalidad y se revela como
una pluralidad de lenguas, todas ellas extrañas e ininteligibles las unas para las
otras. En el pasado, la traducción disipaba la duda: si no hay una lengua universal,
las lenguas forman una sociedad universal en la que todos, vencidas ciertas
dificultades, se entienden y comprenden. Y se comprenden porque en lenguas
distintas los hombres dicen siempre las mismas cosas. La universalidad del espíritu
era la respuesta a la confusión babélica: hay muchas lenguas, pero el sentido es
uno.
La traducción refleja estos cambios: ya no es una operación tendiente a mostrar la identidad última de los hombres, sino que
es el vehículo de sus singularidades. Su función había consistido en mostrar las semejanzas por encima de las diferencias; de ahora en adelante manifiesta que estas diferencias son infranqueables, trátese de la extrañeza del salvaje o de la de nuestro vecino.

Aunque se traduce desde hace miles de años y las primeras reflexiones sobre la traducción remontan a hace más de dos mil años, hasta los
años sesenta no se inicia una reflexión de carácter más sistemático y
sólo en las dos últimas décadas se consolida una disciplina específica
que estudia la traducción en sus diversas manifestaciones: la Traductología. En los últimos diez años, el desarrollo de la Traductología ha
sido enorme en sus tres vertientes: estudios teóricos, descriptivos y
aplicados.
El propósito de clasificar la traducción no es un quehacer reciente
y a lo largo de la historia se han planteado diversas propuestas1• Recordemos que San Jerónimo (395) ya efectúa la distinción entre traducción
profana y traducción religiosa; distinción que perdurará durante toda la
Edad Media (y entrado el Renacimiento), considerando que se trata de
variedades diferentes de traducción. Vives (1532) aiferencia entre las
versiones que sólo atienden al sentido, otras a la frase y la dicción, y un
tercer género de equilibrio entre la sustancia y las palabras, en que las
palabras añaden fuerza y gracia al sentido. Fray Luis de León (1561) distingue entre trasladar y declarar: trasladar donde se ha de ser «fiel y cabal» y «si fuere posible contar las palabras, para dar otras tantas, y no
más»; declarar, es decir, «jugar con las palabras, añadiendo y quitando
a nuestra voluntad». Dryden (1680) propone la distinción entre metáfrasis (la traducción palabra por palabra), paráfrasis (la traducción del
sentido) e imitación (la libertad de variar forma y sentido). Schleiermacher (1813) distingue entre la traducción de textos comerciales, literarios y científicos. Por no citar más que algunas 'de las muchas propuestas que se han dado. Podríamos dividirlas en dos grandes bloques: clasificaciones temáticas y clasificaciones metodológicas.
Por clasificaciones temáticas nos referimos a las distinciones del
tipo traducción religiosa vs. traducción profana, traducción científica
vs. traducción literaria; son distinciones que se basan en aspectos temá- ticos del texto original. ·